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Los pueblos blancos de Alicante y Málaga son una seña de identidad de la España rural. ¿Qué tal una escapada de fin de semana?

Callejuelas estrechas, ventanas de madera, macetas en cada balcón, naturaleza, sol y mucho… mucho blanco. Este color está presente en multitud de pueblos españoles en el sur y el sureste. La Costa Blanca y la Costa del Sol son los mejores ejemplos.

¿Qué explicación hay detrás de tantísimas fachadas blancas? Muy sencillo: evitar que se acumule el calor. El blanco refleja los rayos del sol y mantiene frescos los muros de las casas.

Además, la cal que se utiliza para pintarlas también es anti-bacteriana y actúa contra parásitos. Por eso, en épocas de epidemias, se utilizaba como desinfectante. De ahí que muchas iglesias en Andalucía que alojaban a enfermos sigan siendo blancas por dentro.

Más allá de su utilidad, las fachadas blancas hacen de estos pueblos españoles un espectáculo de luz y belleza. Hemos elegido solo algunos de nuestros favoritos. ¡Te toca a ti descubrir más!

Alicante

Altea.

Altea

Altea es el rey de los pueblos alicantinos. La subida a la parte alta, Altea la Vella, es una sorpresa constante. Cuidado, fotógrafos: corréis el riesgo de perderos eternamente entre sus calles. Al llegar arriba, la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo da la nota de color: su cúpula de azulejos azules es un símbolo de la Costa Blanca. Y abajo, el pueblo desemboca en un Mediterráneo de colores intensos. 

Polop de la Marina

No todo es costa y mar. Polop de la Marina se esconde en el interior de la sierra del Monte Ponoig, de pendientes y paredes rocosas de impresión. Aquí, las tonalidades verdes son el fondo ideal para las fachadas blancas, aunque también las hay amarillas, rosáceas, ocres… Gabriel Miró pasaba aquí los veranos de niño, y Polop inspiró parte de su obra. Sube al castillo, de origen musulmán, y mira al valle. ¿Se puede pedir más?

Jávea.

Jávea

Jávea tiene todo lo que se le pide a una pueblo marinero. Playas de grava, calas, acantilados, paseos a la orilla del mar… Por algo escribió Joaquín Sorolla: «Xàbia tiene todo lo que deseo (…) yo enmudezco de la emoción que aún me domina (…). Es el sitio que soñé siempre, mar y montaña, pero ¡qué mar!». Sin olvidar las casas burguesas, el estilo gótico, la piedra… y el omnipresente blanco.

Málaga

Mijas.

Mijas

La herencia morisca de sus calles hace de Mijas un pueblo único y peculiar. Enclavado en la ladera de la sierra, Mijas parece un oasis blanco entre montañas. Lo mejor que puedes hacer es pasear (¡prepárate para las cuestas!) o recorrer el pueblo en los famosos burro-taxis. Las macetas dan toques de rosa, amarillo, violeta… y las vistas al Mediterráneo desde el Paseo de la Muralla quitan la respiración. 

Estepona

Estepona es una ciudad, pero se merece un puesto en esta lista por sus 16 kilómetros de calles peatonales y 18 de senda litoral. Caminarla es un placer. La restauración de la localidad la ha convertido en un collage de buganvillas, macetas y fachadas blancas. La calle Sevilla es nuestra favoritas, con la torre de la iglesia Nuestra Señora de los Remedios de fondo. Para el atardecer: la playa, siempre la playa.

Frigiliana.

Frigiliana

Desde 2014, su casco antiguo es Conjunto Histórico Artístico. No nos extraña: está tan bien conservado que parece que hubiese sido construido ayer. Es muy popular entre extranjeros, lo que le da un aire cosmopolita muy curioso. Rincones floreados, plazas escondidas, terrazas con vistas, pequeñas fuentes… y nuestras amadas fachadas blancas. Para los golosos: la miel de caña de Ingenio Nuestra Señora del Carmen -la única fábrica de miel de caña de Europa- es espectacular.